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martes, 21 de febrero de 2012

Al menos, inténtalo



“Life can be wildly tragic at times, and I've had my share. But whatever happens to you, you have to keep a slightly comic attitude. In the final analysis, you have got not to forget to laugh.”



«A veces, la vida puede ser bastante trágica, y yo he tenido mi parte. Pero, ante cualquier cosa que te suceda, has de mantener una actitud ligeramente cómica. A fin de cuentas, has de lograr no olvidarte de reír.»

domingo, 22 de enero de 2012

Ganas...

A veces, hablar sobre libros o historias que se tienen tan interiorizados es complejo. Es difícil mantener un tono analítico y no dejarse arrastrar por la pasión que nos producen. Y eso es, casualmente, lo que le sucede a la protagonista de esta novela.

En 1847, Emily Brontë publicaba —bajo un pseudónimo masculino— Cumbres borrascosas. Y, como ya sucedía en la entrada sobre Jane Eyre, quien no haya leído la novela que se detenga aquí y vaya a ponerle remedio, cuanto antes. Porque esto no va a ser una sinopsis sobre el argumento, sino que serán tres o cuatro pinceladas, intentando esbozar uno de los muchos dibujos que guarda esta obra.

La voz de la señora Dean —el ama de llaves— nos mantiene postrados junto al convaleciente señor Lockwood —inquilino de la casa—, escuchando la historia de la familia Earnshow. Y, con él, experimentamos el miedo por esos sucesos extraños, esas percepciones espectrales a altas horas de la noche, en una vieja casona, donde la figura de poder es un hombre sombrío y cruel. De ese modo, tenemos servido el elemento gótico, una vez más. Pero, en esta ocasión, la atemorizada no es una jovencita inocente, sino un visitante herido... que no puede huir.

Y no puede hacerlo porque están en medio de los páramos, esos en los que una Emily niña corría y jugaba con sus hermanos, esos que se convertían en fuente de libertad de una infancia solitaria y aislada del resto, por la posición social que ocupaban como hijos del diácono. Perdidos en el vacío de no pertenecer, como Heathcliff o la propia Jane Eyre, dentro de una sociedad que ahogaba con sus convencionalismos.

Sin embargo, mientras Jane —la chica con apellido que suena a aire— perdonaba y buscaba el sacrificio personal a favor de los demás, Heathcliff quiso venganza. Volvió, pero no traía redención, sino castigo. Fue más terrenal, fue el brezo y los precipicios de esta historia, ya lo dice su nombre.

Y ese es otro juego más de la autora, los nombres. Porque no es gratuito que lo exótico, lo sensual, lo salvaje, la pasión prohibida que tienta a Catherine tenga por único nombre la unión de ambos elementos. No, como tampoco lo es que la familia de insulsos, pusilánimes y clasistas sean los Linton, ni que el rastrero y vicioso hermano sea Hindley, ni que los Earnshow sean la poderosa familia que acoge al mendigo y luego lo humilla por serlo. Mendigo del que, como sucede con Adèle en Jane Eyre, no termina de aclararse ni la procedencia ni la paternidad. Una vez más, cuestión de sangre.

Sangre que queda purificada de la manifiesta crueldad de Heathcliff, en el momento en que la joven Cathy se casaba con el salvaje y analfabeto Hareton, a quien éste hizo a su imagen y semejanza... cuando aún creía. O no, siempre quedará esa duda, porque si algo se extiende a lo largo de toda la historia son las ganas.

domingo, 15 de enero de 2012

Pausa

De vez en cuando hay que hacer
una pausa

contemplarse a sí mismo
sin la fruición cotidiana

examinar el pasado
rubro por rubro
etapa por etapa
baldosa por baldosa

y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Reflejo en negro

 



 

«La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida, no.»


viernes, 9 de diciembre de 2011

Sólo alguien que me quiera...


Criticar Jane Eyre siempre ha significado buscarse el antagonismo de los demás. ¿Pero qué sería del mundo si todos opinásemos lo mismo? Es en la expresión de la diferencia donde reside el enriquecimiento.

Esta novela, escrita por Charlotte Brontë y publicada bajo el seudónimo Currer Bell —de quien ya hablamos— en 1847, narra la historia de una joven fea, huérfana, pobre y sin gracia, en la Inglaterra victoriana. Y hasta aquí el argumento, porque todo lo demás no haría sino estropear la experiencia de ir descubriendo qué vicisitudes y sorpresas le esperan a la protagonista.

Cartel de la película
A los que ya la conozcáis —los que no dejad de leer ahora mismo e id a buscar un ejemplar ya—, si hiciéramos un análisis objetivo, carente de la emotividad en la que nos sumerge su lectura, ¿dónde encontraríais esa clave que ha hecho de este libro un bestseller eterno? Estamos hablando de una obra con más de diez adaptaciones cinematográficas, la última es la reciente versión de Cary Joji Fukunaga, protagonizada por Mia Wasikowska y Michael Fassbender.
 
Existen unos hitos bien diferenciados que marcan las etapas de esta novela: Gateshead Hall, Lowood, Thornfield, Whitcross y, de nuevo, Thornfield.


La primera es la mansión de sus tíos, los Reed, donde una Jane niña encuentra el calor y la seguridad necesarios para recuperarse de la pérdida de sus progenitores... hasta que fallece su tío. Y, entonces, queda a merced de las envidias, inseguridades y crueldad de la esposa de éste y sus hijos. Memorable el cuarto rojo —the red room— y, una vez más, ese juego con las palabras que en su casi homofonía le hablan a nuestro subconsciente de sinonimia.

Lowood es el internado, por llamarlo de alguna manera, donde pasa muchas miserias, es víctima de injusticias e inclemencias. Sufrimiento, sufrimiento y más sufrimiento. De hecho, aunque es el sitio en el que conoce la amistad, también allí la pérdida vuelve a visitarla en su forma más irrevocable. Como le sucedió a la propia Charlotte, porque Lowood —sonoridad en busca de significados— no puede dejar de relacionarse con el colegio al que fueron enviadas ella y sus hermanas, instituciones tan socorridas para aquellas familias que no ocupaban el estrato social más bajo, pero que no disponían de recursos económicos suficientes.

Thornfield significa campo de espinas, significa una puerta abierta a la independencia, la expresión de sí misma y el amor adulto. Y aquí es cuando comienza la aparición de elementos propios de la novela gótica, tan criticada en la época y con tan mala fama. La tenebrosa mansión, la figura masculina de autoridad envuelta en misterio y con oscuros propósitos, los gritos y pasos a medianoche, la pobre jovencita indefensa y abandonada de la mano de Dios, los poderes ocultos y la magia gitana...

M. Wasikowska como Jane

Se descubre el misterio —intentad leer Wide Sargasso Sea de Jean Rhys—, el argumento da un giro de «pero aquí qué ha pasado» y el lector aparece en otra historia completamente diferente, en Whitcross, con personajes totalmente nuevos, como la octava temporada de una serie a la que los buenos resultados económicos de audiencia le han prolongado la vida.

Por fin, Jane había encontrado quien la quisiera, pero renunció a ello voluntariamente. Consideró su valía y la de sus sentimientos superior a cualquier eventualidad moral, sí, pero la conciencia y la educación le pesaban demasiado. Antepuso su dignidad a su felicidad... y, además, tenía que volver como una triunfadora, libre y poderosa, salvando a los demás, que han perdido la fuerza que ostentaban. Por eso, de nuevo, Thornfield.

Y, retomando la pregunta de antes, ¿dónde está la clave de su éxito? A nivel personal, nos pueden gustar más o menos las peripecias de Jane, sus reacciones y sus decisiones. Pero no podemos dejar de preguntarnos si le ha ganado el pulso, en el tiempo, a los prejuicios sobre las series de calado sentimental y con variedad de acento. ¿Qué la diferencia de David Copperfield?

Esta chica, de apellido que suena a aire, lo único que buscaba era sentirse querida. Ser libre, pero no en soledad. Y, sin embargo, parafraseando a Holly Golightly, tuvo demasiados días rojos.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

A question of irony I


Palabras de un hombre que, en su testamento, legó a su mujer su segunda mejor cama.

 

 
                                  CXXX

My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damask'd, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground:
And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.
                                       William Shakespeare, Sonnets

Los ojos de mi amada no son soles.
El coral es más rojo que sus labios.
No tiene pechos níveos, mas morenos.
Y pelo renegrido, no hebras de oro.
He visto rosas rojas, rosas blancas.
Mas no vi rosa alguna en sus mejillas.
Y hay aromas que son más deleitables
que el aliento que exhala mi señora.
Me encanta oirla hablar, mas a mi juicio
la música es más grata a los oídos.
Jamás he visto diosas os lo juro,
pues ella al caminar pisa la tierra.
Pero es beldad tan rara cual las otras
con símiles falaces exaltadas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Una tarde de canciones


Existen canciones que cuentan historias, con su planteamiento, nudo y desenlace. Otras son más directas y hablan de un sentimiento, previo o posterior a la acción. Las hay «con mensaje», denunciando injusticias o situaciones problemáticas. También, las podemos encontrar exhortándonos a disfrutar de la vida o animándonos a superar momentos difíciles.

Nos acompañan durante el camino, como una constante, nos traen recuerdos y nos ayudan a olvidar.



Hoy, con ganas de jugar, aquí va un listado esperando vuestras respuestas.

  1. Una canción con historia que os hubiera gustado ver desarrollada en un libro o en una película
  2. Esa letra que describía perfectamente aquel sentimiento…
  3. La del mensaje que os sigue emocionando.
  4. Una que siempre ponéis cuando hace falta una inyección de adrenalina.
  5. La que escucharéis mil veces y no entenderéis jamás.

¿Quién se atreve?

lunes, 7 de noviembre de 2011

Palabras con historia


Durante la ocupación inglesa en Irlanda, existía un alto porcentaje de absentismo por parte de los terratenientes, que descuidaban por completo la gestión de sus propiedades. Por ello, desde Inglaterra, se designaron y enviaron administradores.

En el Condado de Mayo, las tierras del Lord Erne fueron administradas por Charles Cunningham Boycott. Éste, en lugar de propiciar una utópica armonía en aquellas circunstancias, se dedicó a ejercer un poder, considerado por los arrendatarios, casi despótico. Se negó a la rebaja del alquiler que le pedía la Irish Land League —presidida por Charles Parnell— para que los propios campesinos pudieran arrendar la tierra que trabajaban y, posteriormente, echó a los seguidores de Parnell.

Como respuesta, decidieron no hacer ningún tipo de negocio con Boycott. Nadie trabajaba para él, nadie le compraba nada, nadie le vendía nada, nadie le suministraba ninguna clase de servicio. Nada.

Se vio obligado a contratar trabajadores de fuera, para los cuales creyó necesaria una escolta de hasta mil soldados, aunque nunca antes había tenido lugar ningún altercado.

Todo este despliegue lo llevó a unas cuentas deficitarias. El gasto había sido mayor que el beneficio obtenido por la cosecha. Y, como buen déspota, decidió huir de la escena del crimen.

De este modo fue como, a finales de 1880 y en las páginas de The Times, quedó patente el nacimiento de un nuevo término, boicot.


domingo, 30 de octubre de 2011

Non Ltd.


Tras su estancia en una institución mental y con una titulación en mecanografía, Lee Holloway (Maggie Gyllenhaal) consigue un trabajo como secretaria en el despacho de abogados de E. Edward Grey (James Spader).

Lee es tímida y arrastra varios problemas psicológicos, probablemente, debidos a la influencia de su disfuncional familia. Esto la lleva a automutilarse cada vez que vive una situación de estrés.

Sin embargo, su vida irá cambiando a medida que lo hace el trato con su jefe, por el que siente una incipiente fascinación desde el momento en que Edward hace notar su autoridad. Y, así, Mr. Grey y Lee comienzan una relación sadomasoquista de dominación y sumisión.

La película se titula Secretary (Steven Shainberg, 2002) y está basada en la historia corta Bad Behavior —sin la u, es americana— de Mary Gaitskill.

Pero no os asustéis, no tiene absolutamente nada de pornográfica, aunque sí emana cierto rastro de sensualidad. No obstante, su mejor baza es el planteamiento de cuestiones que, a día de hoy, siguen siendo tabú.

¿Qué tipo de criterios validamos en esta sociedad donde no tienes que avergonzarte por beber hasta rozar el coma etílico, pegar a tu pareja y proporcionarles, de ese modo, a tus hijos un campo de batalla por casa? Y, sin embargo, es esa misma sociedad la que impone una mentalidad que juzga bochornosas, pervertidas, desviadas —el adjetivo que queráis colocarle— las formas en que cada uno encuentra el amor, el placer, la felicidad... o, como dice Lee, un lugar al que pertenecer.

Mientras exista un respeto, ¿quiénes somos para ponerles límites a los demás?

PD. Si podéis ver la versión original, hacedlo. La vocalización y el uso de la voz... en este caso, se vuelve exquisito.

jueves, 27 de octubre de 2011

Enemigos

Alfredo y Totó en Cinema Paradiso
 
  
         —Alfredo, ¿tú conocías a mi padre?
         —Claro que sí, claro que conocía a tu padre. Era alto, delgado, simpático. Tenía un poco de bigote, como el mío. Y, siempre, reía. Se parecía a Clark Gable.
         —Alfredo.
         —Dime.
         —Ahora que ya soy mayor y voy a quinto curso… Bueno, no digo que pueda empezar a entrar en la cabina, ¿pero qué te parece? ¿Por qué no nos hacemos amigos?
         —Totó, yo elijo a mis amigos por su aspecto y a mis enemigos por su inteligencia. Y tú eres demasiado listo para ser amigo mío. Además, siempre se lo he dicho a mis hijos, tened mucho cuidado y encontrad a los amigos adecuados.
         —¿Qué dices? Si tú no tienes hijos.

lunes, 24 de octubre de 2011

Detalles


“Our life is frittered away by details. Simplify, simplify.”

 H. D. Thoreau

«Nuestra vida se desperdicia en los detalles. Simplificad, simplificad.»


jueves, 20 de octubre de 2011

La puerta estrecha


Al comenzar a leer este libro, probablemente, no lo sintáis. Pero, durante el transcurso de la novela, comprenderéis hasta qué punto su título se adecua a la sensación de angustia y sofoco que provoca.

¿Conocéis esa especie de premonición o pálpito que se tiene, cuando se empieza a leer, sobre lo “bonita” que puede llegar a ser la historia que estáis por descubrir?

Jérôme, un niño de apenas once años, va a pasar los veranos a Fongueusemare —un pueblecito francés en la región de la Alta Normandía—. Allí viven sus tíos y primos. Después de una experiencia que cambiará su modo de ver el mundo, Jérôme y Alissa, su prima, prometen quererse siempre.
 

El tiempo transcurre, ambos siguen compartiendo momentos de lecturas, de entrega a la música, de charlas eternas... y su amor continúa creciendo, pero siempre contenido en su expresión, debido a los convencionalismos de la época y a sus profundas creencias religiosas. 

Y esa contención se extiende a lo largo de la mayor parte de esta obra de André Gide, para, finalmente, demostrar cuánto daño puede hacer el pretender equiparar un amor con otro, una pasión con otra. Porque las recompensas no tienen que llegarnos por un sacrificio mal entendido, ya que esforzarse no significa convertirse en víctima de uno mismo.

«Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida eterna y pocos son los que la hallan.» Mateo 7:14. 

En cualquier ámbito, ésa es una línea difícil de trazar, pero no imposible. Y aunque, demasiado a menudo, el premio se torna insuficiente o jamás llega, es en ese camino donde encontramos la mayor satisfacción.



Así que... ¿por qué no disfrutar del paseo, sin tener constantemente presente el destino al que nos conduce?


martes, 18 de octubre de 2011

¡Rebelión!


Ante los abusos, la explotación y el maltrato despótico de Mr. Jones, en Manor Farm se produce un alzamiento contra los parásitos que caminan con dos patas.

Los animales de la granja, teniendo muy presentes las ideas revolucionarias del fallecido Old Major y dirigidos por Snowball y Napoleon —ambos cerdos y congéneres del primero—, consiguen expulsar a los humanos de aquel terreno.

A partir de esa victoria, la granja pasa a llamarse Animal Farm y el nuevo sistema establecido —con su correspondiente tabla de mandamientos escrita en la pared— empieza a funcionar de forma efectiva, productiva e igualitaria.

Cubierta de una de sus muchas ediciones
Sin embargo, una vez que los dos líderes se han hecho con el poder, se acomodan, comienzan las intrigas y eso hace que vean peligrar su status. Por ese motivo, entrenan y amaestran a un grupo de perros que realizarán las funciones de su ejército personal. 

Pero, al mismo tiempo, es esta fuerza armada la que le servirá a Napoleon para deshacerse de Snowball y erigirse en sumo gobernante de la granja, en posesión de la verdad más absoluta y la capacidad adquirida para cambiar esos primigenios mandamientos, según su propia conveniencia y la de los demás cerdos.
 


A grandes rasgos, ese es el argumento de la novela de George Orwell Rebelión en la granja, publicada en 1945, donde realiza una crítica satírica a la política que estaba teniendo lugar durante aquellos momentos en la Unión Soviética.

Una obra que necesitaría muchas páginas para ser analizada con mayor profundidad, pero que se vuelven vanas, una vez leída. Porque todos los sucesos alegóricos que allí se cuentan, de una forma un tanto inocente, se conectan con la realidad, gracias a la intertextualidad de la propia historia.

Y es que... a veces, la literatura sirve para mucho más que sencillamente entretener, ¿no os parece?

lunes, 17 de octubre de 2011

Buenos días, tristeza


Meses más tarde, hojeando una revista de contenidos variopintos, apareció una fotografía en blanco y negro. Y, con ella, surgió el recuerdo de un libro, de su protagonista.

Seberg y Niven en la
adaptación de Preminger
En la imagen, efectivamente, aparecía Françoise Sagan, recostada en un coche, según rezaba el artículo. Aunque, en un principio, Cécile no era Françoise, su descripción —sobre todo en actitud— se correspondía con tanta fuerza que, del azar, rescató esa sensación recordada.

Bonjour, tristesse , cuyo título viene del  poema À peine défigurée de Paul Éluard, fue escrita por una joven de 18 años y, quizás, esa es la razón por la que los sentimientos y las ideas se representan de una forma tan directa y cruda, desnudos de pomposidad y artificio. Porque, las personas sienten lo que sienten y ya está. Y eso nos hace ser estúpidos, impulsivos, crueles, egoístas... perversos, en más de una ocasión.





Sin embargo, admitir esto con total sinceridad sigue requiriendo un alto grado de madurez. Y ahí Sagan, aplicándolo a su vida o no, demostró que a nivel analítico lo poseía.

Home y Seberg
Esta es la historia de Cécile, una chica de 17 años que acaba de terminar sus estudios en un internado exclusivo y va a pasar el verano con su padre, Raymond, la amante de éste y una vieja amiga de la familia, Anne, en una Villa de la Riviera francesa.

Celos, confusión, aburrimiento, incertidumbre, soberbia, despotismo, miedo agitados —no removidos— dan como resultado culpa. Una culpa de la que huir, porque no se materializa para poder enfrentarla.

¿En alguna ocasión, os ha perseguido una culpa? ¿Habéis identificado a alguien de quien sólo conocéis la voz o sus letras por una imagen?

viernes, 14 de octubre de 2011

Aunque tú no lo sepas


Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminado
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos...

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.
         Luis García Montero


La creatividad nace, a veces, de lugares insospechados. Y el hecho de aportar la propia a algo que ya de por sí destaca por su valía no implica que tenga que destruirse una parte —a veces, esencial— de la obra original.

Eso, precisamente, sucede con este sencillo poema de García Montero, que le sirvió a Almudena Grandes como inspiración para escribir el realista y estupendo relato El vocabulario de los balcones. A su vez, ambos se transformaron en luz, movimiento y sonido, bajo la dirección y guión de Juan Vicente Córdoba, compartiendo título.

¿Llegará el día en que lamentemos no haberlo sabido o sería mejor seguir viviendo en la ignorancia para siempre?

miércoles, 5 de octubre de 2011

Círculos


Ésta no es una historia de amor, sino de celos... de fe, cuyos protagonistas tienen nombres de cantantes de jazz en una ciudad oscurecida por la lluvia y las bombas.

Se podría resumir con facilidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, Maurice Bendrix, un escritor de relativo éxito, mantiene una aventura con Sarah Miles, a espaldas de su marido, Henry.

E, incluso, se podría establecer un paralelismo, sin problemas, entre la vida de su autor y lo que el propio Bendrix nos cuenta. Una pista importante es que Graham Greene dedicó esta obra a Catherine, una mujer casada que en aquella época era su amante.

Julianne Moore y Ralph Fiennes
Sin embargo, aunque es un libro breve en extensión y simple en apariencia, la complejidad comienza a la hora de comprender la psicología de los personajes principales.



Por un lado, Bendrix es un hombre hastiado, ateo, poseído por esa irreverente tristeza que parece inundar de forma mítica a los escritores, desencantado del mundo, de la sociedad y de la política. De pronto, comienza una historia básicamente sexual con Sarah y, al poco tiempo, aquello se torna en una obsesión más allá del amor. Maurice se muere de celos, no tolera la presencia de Henry y teme que esa misma sencillez que la llevó hasta él se la arrebate y ella lo abandone en pos de una nueva aventura. Y es que los celos no son triángulos, sino círculos, al igual que muchas historias... continúan siempre en el nudo, sin planteamiento ni desenlace.

«Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante. Digo "uno elige" con el orgullo inexacto del escritor...»
The End of the Affair, Graham Greene

Mientras, por otro lado, Henry es un alto funcionario del Estado, aburrido, tranquilo e inofensivo. Él le ofrece a su mujer la seguridad y la comodidad que proporciona el dinero, el reconocimiento a nivel político-social de quien se relaciona con diplomáticos, agregados culturales y demás puestos de poder. No obstante, existe un pero, un pero enorme que deviene en distintas reacciones newtonianas.

«El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor».
Cartel de la adaptación de Neil Jordan

Y, finalmente, Sarah... ¿quién es Sarah? Ella envuelve todo el misterio de la novela y descubrirla es terminar de comprender todos los porqués que van surgiendo. Pero, aviso a navegantes, no es una personalidad ideal ni mucho menos, como no lo es tampoco la de ellos.

The End of the Affair es la historia de una pasión... ¿pero de cuál?

jueves, 29 de septiembre de 2011

Perversión

Es increíble lo ajenos que vivimos, por lo general,  el común de los mortales en ciertas cuestiones. Y a veces, con poco que se profundice, empezamos a ver «cosas» que antes nos pasaban desapercibidas. Así que hoy toca pervertir, ligeramente, vuestras miradas con respecto a los libros.

A diferencia de otros campos, para darse cuenta de esos pequeños detalles, no hace falta tener ningún tipo de especialidad en nada, no es necesario saber hacer una operación a corazón abierto ni conseguir saltarse los sistemas de seguridad informáticos del Pentágono. No es tan complejo, sólo hay que observar.

De momento y como aún se sigue juzgando un libro por las tapas, nos quedaremos en lo más externo. Por cierto, a eso que algunos llaman portada, en realidad, es la cubierta o las tapas.


Cubierta completa de Cuentos del otro lado

Lo más destacable, lo que más llama la atención siempre es la imagen de la cubierta. Sin embargo, en ocasiones, la relación entre la fotografía o ilustración y el contenido es inexistente. Lo ideal sería que, al ver la cubierta, supiéramos, sin lugar a dudas, qué va a ofrecernos el libro en cuestión.

Aunque eso tampoco es suficiente. Por ejemplo, la novela romántica ambientada en las Highlands es casi un género per se. Pero nos encontramos con cientos —quizás, miles— de cubiertas ilustradas con impresionantes descamisados de melena y falda al viento. ¿Qué nos hace distinguir una de las demás?


¿Y si cambiamos el título?
Otro caso también bastante típico son las novelas de crímenes con la pistola y la sangre o la silueta de tiza señalando el contorno del cadáver en un callejón oscuro con algún que otro charco. ¿Qué cuentas tú que no cuente el resto?

Y, después, están las que muestran un prado verde. La imagen, en sí, puede ser muy bonita, idílica, pastoril, relajante… ¿pero dónde está la pertinencia?

Algo parecido sucede con la tipografía de títulos y autores. Aunque aquí el tamaño sí suele importar, ya que muchos libros «convencen» al futuro lector por quién los ha escrito —en un cuerpo mayor—, más allá de un título atractivo, sea éste coherente con el texto del interior o no.

Sin embargo, en ocasiones, todo eso está proyectado de una forma estupenda, pero… en la imprenta se ha guillotinado o plegado mal y nos encontramos con renglones torcidos, pero sin el señor Luca de Tena por ninguna parte. Con lo cual, nos damos cuenta de que la producción de un libro requiere mucho mimo y un trabajo en equipo de muchas personas.

Y ya para terminar, aunque no por ello menos relevante, está la sinopsis. Ésta es como el trailer de una película. En unos cuantos fotogramas, ha de contar lo justo sin desvelar, pero lo suficiente como para atrapar. En cambio, a menudo, nos encontramos sinopsis de las contras kilométricas y éstas suelen tener dos efectos en el posible lector. Por un lado, está «¿Dónde va con ocho párrafos? Esto no me lo leo». Y por otro, «¿Ocho párrafos? No me lo leo, porque seguro que ya dicen que fue el mayordomo».

Y, cuando el mundo es de papel y lo guardan unas tapas, siempre es mejor que te dejen con la miel en los labios… ¿o no?

jueves, 22 de septiembre de 2011

A veces, la vida...


…nos pasa.

—No llores, abuelo, por favor... No llores.
¿Qué ha pasado?, le habría gustado preguntar, ¿qué te han hecho, abuelo, quién ha sido, por qué, cómo, cuándo, cuánto te duele?, pero no pudo decir nada, ni siquiera que le quería, que aquella tarde de mayo, tan cálida, tan limpia, tan cruel, había aprendido que le quería muchísimo, que no había nadie en el mundo a quien quisiera más que a él. Lo que a ti te hace daño, a mí me hace daño, eso era lo que sentía, lo que habría querido decirle, pero no pudo, porque estaba llorando, lloraba igual que él, como la niña pequeña que ella sí era, sin freno, sin pausa, sin consuelo, y no se tapaba la cara con las manos porque las necesitaba para aferrarse a su abuelo, para acariciarle, para explicarle la verdad, que le quería tanto que le dolían las palabras que no salían enteras de sus labios contraídos, los sonidos que se perdían en su garganta ahogada por los sollozos, y no conocía el origen, la razón de las lágrimas que mutilaban cada sílaba que intentaba pronunciar, pero sentía que esas lágrimas le dolían porque eran suyas, porque le pertenecían a él, porque ella había escogido llorar el llanto de su vida entera.

No llores, logró repetir por fin, después de un rato, y se abrazó a sus mangas, escondió la cabeza en su cuello y se quedó muy quieta. Esta vez, él respondió enseguida. La apretó con fuerza, la besó en la cabeza y mantuvo sus labios firmes contra su pelo hasta que los dos se tranquilizaron. Luego, manteniéndola sujeta entre sus manos, la separó de sí, la miró, sonrió y volvió a besarla en las dos mejillas. Tenía los ojos enrojecidos, los párpados hinchados y la piel de los pómulos muy fina, tan frágil de repente como si fuera de papel.

—Ésta es la plaza de las Salesas —dijo, y su voz, ensuciada por el llanto, adoptó sin embargo el acento y el ritmo de otras veces—. Se llama así porque antes había un convento, pero esa iglesia de ahí detrás se llama Santa Bárbara, porque la fundó Bárbara de Braganza, una reina de España que era hija del rey de Portugal —hizo una pausa, se frotó los ojos, volvió a sonreír—. Esa calle lleva su nombre. Aquí enfrente estaban los juzgados donde condenaron a mi cuñado Carlos, ¿te acuerdas? Y el edificio gris que está adosado a la iglesia por detrás, ¿lo ves?, es el Tribunal Supremo. Su fachada da a otra plaza que hay detrás, la plaza de la Villa de París.

El corazón helado, Almudena Grandes

sábado, 17 de septiembre de 2011

= 1a :D

En estos tiempos de hambruna lingüística —la intelectual es otra pandemia asociada—, vivimos enamorados de las abreviaturas, las siglas, los acrónimos y demás políticas de ahorro en letras no hipotecarias, sino hipotecadas... ¡por no hablar de los préstamos extranjeros!

Nos preparamos opíparos ágapes cada vez que mandamos un mensaje de texto con el móvil, hacemos la lista de la compra, dejamos una nota en un papel amarillo con adhesivo, enviamos un tweet, tomamos apuntes, anotamos ideas para una posible entrada y cualquier otra situación que pueda dar pie a merendarse más de la mitad de las letras. Pero siempre logramos mantener el mismo significado... ¿o no?

Quizás sea eso lo que nos ha ido llevando a estos momentos de convulsión, la falta de entendimiento debida a una comunicación precaria. ¿A pesar de las nuevas tecnologías o gracias a ellas? La cuestión es que ya nadie —parece— estar solo, aislado en un lugar remoto, aunque ninguno comprendamos sus pensamientos, ni quién es.

Y ésa, se supone, es la finalidad última del lenguaje —hablado, escrito, gesticulado, expresado...—, transmitir información.

Sin embargo, en contraposición a esa pérdida continua a la que se enfrenta cada día una lengua, existe una riqueza ingente, con variedades características, dentro de ésta con la que ahora nos comunicamos.

Rodeada y alimentada por otras no menos especiales, se extiende, con su diversidad pertinente, a lo largo del nuevo continente y por un pequeño pedazo del viejo. E, incluso, llega a convivir en afortunado bilingüismo a ambos lados del Atlántico.

Y es en esa compleja pluralidad donde reside su valía. Porque nos permite distinguir un «ché» con sabor a horchata de otro «ché», aunque no lo lleve escrito en la «remera», o en el «pulóver, sere». Pero lo realmente importante es que todos somos capaces de «pisparnos» si hay que calzarse unas «cholas» y no unos «tenis» cuando vayas a una «alberca», porque no son lo mismo «peros» que manzanas y puede organizarse una «movida» de «órdago».

Además, el hecho de que muchos de estos términos no aparecezcan en el diccionario de la RAE reivindica esa rebeldía inherente a todo aquello que está vivo, que crece y se transforma constantemente.



Todo esto... sin duda, nos dibuja una sonrisa. ¿Y a vosotros?



* La autenticidad sin artificios de variantes populares, palabras ofensivas e indecentes, y las pronunciaciones las dejamos para entradas futuras.
**Hacednos notar de dónde, pero sin revelar lugares.

martes, 13 de septiembre de 2011

La apuesta


Desde 2006, en Gran Bretaña, se está poniendo en práctica una campaña para fomentar el hábito lector en los adultos. Algo que parece, a priori, un tanto utópico. Sin embargo, esta iniciativa, conocida como Quick Reads, se ha propuesto publicar un determinado número de libros cada año y lo está consiguiendo.

¿Cuál está siendo su secreto? Son obras breves, de temática variada, que emplean un vocabulario asequible y con un precio apto para todos los bolsillos. Pero, además, los autores son nombres reconocibles fácilmente, incluso, para ese público esquivo que es poco dado a la lectura.

Cubierta original
Y, dentro de este programa, encontramos La apuesta de John Boyne. En esta novela corta, el autor de El niño del pijama de rayas nos demuestra cómo hasta la vida más rutinaria y estable puede alterarse completamente por un suceso ocurrido en apenas un instante.

Danny Delaney es un adolescente —no en exceso— que quema los últimos días de vacaciones veraniegas, en espera del temible comienzo de curso. Pero... algo sucede. Y en el momento en que descubrimos qué ha pasado ya podemos cerrar el libro o, si nos sentimos un poquito —pero sólo un poquito— creativos, redactar el resto de la historia.

De nuevo, Boyne cae en la misma trampa en la que, a nivel literario, se hundió con El niño del pijama de rayas. Ya que, por más que fuese un éxito comercial e hicieran una adaptación cinematográfica, la historia de Bruno perdía interés no más allá de la página 10.

Cierto, hace una presentación muy buena, siembra de intriga los primeros párrafos, pero luego no es capaz de mantener un mínimo de tensión a lo largo de la trama. Y eso, teniendo en cuenta que la amistad entre Bruno y Shmuel está a años luz de los desencuentros entre Sarah y Danny. De hecho, esa descripción de la capacidad para confraternizar con el supuesto enemigo que demuestran los niños, dado lo límpido de su mirada, es lo mejor que ofrece este autor en ambas novelas.

¿A alguno os defraudó El niño del pijama de rayas?
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