jueves, 3 de mayo de 2012

Malos tiempos para la lírica

Bertolt Brecht titulaba uno de sus poemas con una expresión que ha transcendido popularmente, incluso, más allá de su propio nombre. Ahora, aunque no tanto como entonces, siguen siendo Malos tiempos para la lírica.

Pareciera que, hoy por hoy, no sirven de nada los conocimientos —no de amistades, esos siempre valen—, la cultura, el saber o, sencillamente, la creatividad. Tantos se preguntan por qué estudiaron, por qué despilfarraron su tiempo, esfuerzo y dinero en conseguir una titulación académica… Y demasiados se arrepienten, porque el panorama actual los sitúa en un escalafón laboral y social muy inferior al que buscaban, por el que se han pasado años luchando.

Por otro lado, sentarse a leer, escuchar o ver las noticias del día es una confirmación de temores y la siembra de otros más profundos. El regreso de ese pasatiempo infantil que hace tantos años quedó obsoleto, o eso creíamos todos, ha puesto en papel con una silueta punteada la salud, la edad, la ayuda, la educación de casi todos. Y así, en un parpadeo, se han convertido en recortables, esperando las tijeras de niños mal afeitados.

Sin embargo, el privilegio de obtener una educación no es algo que esté ni haya estado al alcance de todos. El pasaje a un mundo donde las fronteras no se terminan a la vuelta de la esquina, sino que se expanden a lo largo y ancho, bordeando el desconocimiento humano, eso… eso no tiene precio.

Es la conformación de un rasgo de la identidad de cada persona que no pueden robarle, ni arrebatarle, por más que no le dejen usarlo abiertamente.

Es una enseñanza de vida que a Jenny le costó más de una hora en An Education, pero que no podemos olvidar en épocas como ésta. Porque si hay algo que puede convertir a alguien en independiente —sea cual sea su situación física—, es su capacidad de pensamiento.

Sí, ya sé. Solo al que es feliz
se le quiere. Su voz
se oye con gusto. Su rostro es bello.
               Fragmento de Malos tiempos para la lírica de Brectht

sábado, 21 de abril de 2012

El decreto de la luz

Entre el alboroto de la pequeña invasión de los viajantes, elegidos y no, apareció Ainhoa Riballo. Llegó como compañía y se quedó como autora.

De este modo fue como, meses después, ese manuscrito que revisaba, añadía y reelaboraba, terminó siendo un libro de relatos. Aunque «terminó» no es la palabra más adecuada, porque a El decreto de la luz le quedan aún muchos más pensamientos por conquistar.

Imagen de la cubierta de Carlos Romo
Centrándonos en una descripción analítica y estructural, diremos que es un compendio de relatos breves de marcado carácter intimista, donde la autora implica al lector en una reflexión sobre el valor de la comunicación mediante la palabra, incluso cuando ésta no es pronunciada. Además, el entorno bucólico, la adjetivación e, incluso, la particular sintaxis son elementos que promueven la lectura calmada y meditativa.

Sin embargo, como imaginación no falta…, al leer El decreto de la luz, es fácil pasear junto a Ainhoa, por algún sendero de los campos de su tierra tarraconense. Y pararse ante una bifurcación, entre la bruma o el sol picante, para escuchar todo eso que el silencio tiene que contarnos.

Nunca se sabe dónde vamos a encontrar el camino por el que puedan discurrir nuestras ilusiones.


sábado, 31 de marzo de 2012

La Cuentoteca II


La mayoría nos pasábamos las horas embobados escuchando cuentos populares en esas cintas de cassette con un sonido de motor, suave pero persistente. Y ahora nos creemos que los niños se aburren si no están pegados a un videojuego.

Sin embargo, es sorprendente cómo estos «locos bajitos» no sólo saben apreciar una buena historia, sino que extraen conclusiones y moralejas que a los adultos no nos resultan tan obvias, visto lo visto últimamente.

Esta segunda entrega da La Cuentoteca nos trae El traje nuevo del emperador (Andersen), dirigido por Ana de Lima y en las voces de alumnos de AM Estudios. Además, estrenamos cabecera gracias a Jaime Martínez, Ángel Colomé y Claudio Rodríguez.

Ya no está el ruido del motorcillo que hacía girar la cinta magnética o, al menos, no lo oímos. Pero si conseguís disfrutarlo tan solo una pequeña parte de lo que lo hemos hecho nosotros durante el proceso de creación, podéis estar seguros de que os divertiréis bastante.

Este es el enlace.


jueves, 1 de marzo de 2012

Precio y valor no son sinónimos

Quizás, los acontecimientos históricos que han ido contribuyendo a su magnificencia no hayan sido siempre positivos. Seguramente, el coste económico y su consecuente gasto humano, a lo largo del tiempo, hayan sido tremendos. Y ni que decirte tiene que habrán existido demasiados que, aprovechando la coyuntura, se hayan beneficiado de forma ilegítima de su presencia y sistema.

Sin embargo, ahí permanece, tras guerras, celebraciones, revueltas y años… guardando los tesoros en palabras que se produjeron antes y todos los que se han ido produciendo posteriormente.

El 1 de marzo de 1712, abría sus puertas al público la Biblioteca Nacional de España, aunque no pasaría a llamarse así hasta 1836. De este modo, podría decirse que hoy se cumple su tercer centenario. Y, tras esos trescientos años de recolección y pérdidas, esta institución cuenta con un fondo de más de 28 millones de publicaciones generadas en este país, entre libros, partituras, revistas, grabados, mapas, folletos, cromos, etc.




El edificio de su sede, construido sobre el terreno de un antiguo convento, suele resultar atractivo, pero las historias que atesora en su interior, definitivamente, cautivan.

martes, 21 de febrero de 2012

Al menos, inténtalo



“Life can be wildly tragic at times, and I've had my share. But whatever happens to you, you have to keep a slightly comic attitude. In the final analysis, you have got not to forget to laugh.”



«A veces, la vida puede ser bastante trágica, y yo he tenido mi parte. Pero, ante cualquier cosa que te suceda, has de mantener una actitud ligeramente cómica. A fin de cuentas, has de lograr no olvidarte de reír.»

domingo, 22 de enero de 2012

Ganas...

A veces, hablar sobre libros o historias que se tienen tan interiorizados es complejo. Es difícil mantener un tono analítico y no dejarse arrastrar por la pasión que nos producen. Y eso es, casualmente, lo que le sucede a la protagonista de esta novela.

En 1847, Emily Brontë publicaba —bajo un pseudónimo masculino— Cumbres borrascosas. Y, como ya sucedía en la entrada sobre Jane Eyre, quien no haya leído la novela que se detenga aquí y vaya a ponerle remedio, cuanto antes. Porque esto no va a ser una sinopsis sobre el argumento, sino que serán tres o cuatro pinceladas, intentando esbozar uno de los muchos dibujos que guarda esta obra.

La voz de la señora Dean —el ama de llaves— nos mantiene postrados junto al convaleciente señor Lockwood —inquilino de la casa—, escuchando la historia de la familia Earnshow. Y, con él, experimentamos el miedo por esos sucesos extraños, esas percepciones espectrales a altas horas de la noche, en una vieja casona, donde la figura de poder es un hombre sombrío y cruel. De ese modo, tenemos servido el elemento gótico, una vez más. Pero, en esta ocasión, la atemorizada no es una jovencita inocente, sino un visitante herido... que no puede huir.

Y no puede hacerlo porque están en medio de los páramos, esos en los que una Emily niña corría y jugaba con sus hermanos, esos que se convertían en fuente de libertad de una infancia solitaria y aislada del resto, por la posición social que ocupaban como hijos del diácono. Perdidos en el vacío de no pertenecer, como Heathcliff o la propia Jane Eyre, dentro de una sociedad que ahogaba con sus convencionalismos.

Sin embargo, mientras Jane —la chica con apellido que suena a aire— perdonaba y buscaba el sacrificio personal a favor de los demás, Heathcliff quiso venganza. Volvió, pero no traía redención, sino castigo. Fue más terrenal, fue el brezo y los precipicios de esta historia, ya lo dice su nombre.

Y ese es otro juego más de la autora, los nombres. Porque no es gratuito que lo exótico, lo sensual, lo salvaje, la pasión prohibida que tienta a Catherine tenga por único nombre la unión de ambos elementos. No, como tampoco lo es que la familia de insulsos, pusilánimes y clasistas sean los Linton, ni que el rastrero y vicioso hermano sea Hindley, ni que los Earnshow sean la poderosa familia que acoge al mendigo y luego lo humilla por serlo. Mendigo del que, como sucede con Adèle en Jane Eyre, no termina de aclararse ni la procedencia ni la paternidad. Una vez más, cuestión de sangre.

Sangre que queda purificada de la manifiesta crueldad de Heathcliff, en el momento en que la joven Cathy se casaba con el salvaje y analfabeto Hareton, a quien éste hizo a su imagen y semejanza... cuando aún creía. O no, siempre quedará esa duda, porque si algo se extiende a lo largo de toda la historia son las ganas.

domingo, 15 de enero de 2012

Pausa

De vez en cuando hay que hacer
una pausa

contemplarse a sí mismo
sin la fruición cotidiana

examinar el pasado
rubro por rubro
etapa por etapa
baldosa por baldosa

y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades.

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