¿Alguien tiene idea de quién fue? ¿Nos suena de algo este nombre? ¿Hemos leído algo suyo? La gran mayoría hemos hecho más que eso, aunque muchos ni siquiera supiéramos nada sobre esta persona entonces y, aún hoy, desconozcamos que utilizó este pseudónimo.
Si dijésemos que, junto con Acton y Currer, publicó un libro de poemas, mediante autoedición, ¿sería una pista decisiva para saber de quién estamos hablando? ¿No?
Para los que todavía anden despistados, esta mujer lleva más de ciento sesenta años contándonos una historia de amor frustrado, de superación alimentada por el rencor, de errores insidiosos, de perdón e inocencia. ¿Ya?
De hecho, si aún viviera, estaría cobrando millones y millones de euros por los derechos de autor de las múltiples ediciones en varios idiomas, de las diferentes versiones cinematográficas, de las distintas adaptaciones teatrales, etc. ¿Nada?
En realidad, su propia vida y la de sus hermanas ya era «más extraña que la ficción» sin necesidad de incluir este éxito que todas ellas consiguieron y que jamás pudieron disfrutar plenamente. Aunque, de una forma u otra, retazos de sus experiencias y de sus conocimientos quedaron plasmados en las obras de todas ellas. En este caso, los páramos por los que vagan Catherine y Heathcliff.
Sí, quien intentó esquivar, junto a dos de sus hermanas, los tristes prejuicios de la época victoriana sobre las escritoras, utilizando un pseudónimo que no resultara demasiado evidente, fue Emily Brontë.
De esta forma, se autoeditaron un primer volumen de poemas. Y, a pesar de no tener demasiadas ventas, no cejaron en sus intentos. Siguieron escribiendo, pero esta vez se decantaron por las novelas. Así también, en 1847, fue publicada Cumbres borrascosas.
Aunque… esto merece una entrada aparte, o varias.